Ilustración de El Rubencio
"Liga Máster” se iba a llamar el cuento que venía pensando. El argumento sería más o menos el siguiente: Nández está en su casa un sábado en la tarde jugando PlayStation. A su edad se limita únicamente a PES, pero ya no le gusta jugar contra nadie, porque ha acabado por comprender que cuando uno compite sistemáticamente con alguien por un determinado número de años las cosas se terminan agriando. Esta es una verdad más grande que la casa de tu mami, o la de tu abuelita. Con sus primos no se había vuelto a hablar desde que le metió cinco a Jaime Arturo en la semifinal de un Mundial que jugaron un sábado de 2015; Jaime Arturito estaba convencido de que le ganaría fácil a Nández y que la gloria sería toda suya, y Rodrigo Alfredo –el hermano menor de Jaime– había cerrado filas en torno a su carnal (a quien desde luego no soportaba, pero esa fue una noche extraña en todo su conjunto) tras su triste eliminación en cuartos de final a manos de una mansa Polonia en nivel profesional. Desde luego, no ayudó que Nández gritara “¡Sacalo, gonorrea!” con cada gol que le iba entrando a su primo mayor, porque los goles no iban entrando en su portería –que también–, sino en toda su persona, en su personalidad y en su progenie. Con los Correal el asunto adquirió un cariz más serio, casi criminal: Nández no pudo volver a Cedritos, el barrio que lo vio nacer, porque los Correal mandaban y en cierto sentido eran Cedritos. Sin embargo, habían pasado tantos años desde ese episodio que Nández lo comenzaba a usar como una entrada muy amena a su anecdotario personal. ¿Qué iban a hacer? ¿Darle en la jeta? Además, Nández ya vivía en un mejor barrio y, por último, ¿quién quiere ir a Cedritos?
Sergio y Juan José –sus amigos de la universidad– estaban al tanto de esta pequeña leyenda y la celebraban, pero en el segundo semestre de 2017 se presentó una fea discusión en el apartamento de Juan José cuando un martes en la noche se juntaron a jugar Play, a tomar gin-tonics y a comer pizza, y Juan José estaba inmamable parando los partidos cada dos minutos porque María Fernanda lo llamaba a discutir detalles absolutamente irrisorios de la boda de ambos, que tendría lugar en noviembre de ese año en Cartagena. Hasta que Nández se mamó y gritó durísimo que las putas habían acabado de llegar y que había que pagarles, y Juan José, como es apenas entendible, se enojó porque María Fernanda se puso a bramar en el teléfono, y terminó echando a Nández de su casa (y un poco de su vida).
–¡Coman mierda, par de maricas bobos! –exclamó Nández antes de salir furioso a buscar un taxi por las calles de Usaquén. El insulto incluía a Sergio, que en un principio se rio del chiste de Nández, pero quien sorpresivamente se quedó esa noche donde Juan José y también asistió a su boda en Cartagena, y luego subió fotos a Facebook.
En fin: es sábado en la tarde –una tarde de 2018 anno Domini– y Nández está solo en su casa jugando PlayStation. De todas las modalidades de juego que ofrece Pro Evolution Soccer (que en un principio se llamaba, al menos en Cedritos, Winning Eleven; y cuando Nández, por iniciativa de su mamaíta, que le pagó el pasaje y la estadía, vivió unos años en los Estados Unidos –perdón que me vaya un segundo por las ramas–, y una novia muy querida que tuvo le regaló el PlayStation 2, fue todo un tema conseguir el juego: la chica le compró FIFA, que era lo único que vendían en Best Buy, y Nández fue miserable por un tiempo hasta que en un Blockbuster se enteró de que Winning Eleven a partir de algún momento comenzó a llamarse PES, Pro Evolution Soccer; este fue uno de los días más felices de su existencia) Nández prefiere la Liga Máster y es lo único que juega en este punto de su vida: el punto de la vida en que la adultez se extiende en un plano finito hasta el infausto día. Las otras modalidades de juego que ofrece PES (partidos amistosos, Copa América o Eurocopa, ser una leyenda –que al principio parecía chévere, pero la verticalidad de la cámara termina arruinándolo todo–, incluso jugar en línea, que es muy popular, pero a Nández le parece que uno solo puede terminar intimando con vaya uno a saber qué mongólico o sádico) simplemente no existen para él, pero digamos que les guarda cierto cariño porque coadyuvaron en su formación y engalanan su honroso pasado.
La Liga Máster consiste en tomar un equipo en segunda división y hacerlo subir a primera, además de comprar y promover jugadores hasta que, con el paso de las temporadas, uno es el putas y logra el triplete de Champions, Liga y Copa de la Liga, que para Nández era la señal de comenzar un nuevo emprendimiento, el cual en promedio le tomaba dos meses. Podría incluso calcularse el número de Ligas Máster que faltaban para morir, pero Nández se resistía a hacerlo y se decía a sí mismo que ese momento aún estaba lejos, muy lejos.
Los párrafos de inicio se irían en una disquisición de por qué PES es superior a FIFA. Lo es porque es evidente que lo hacen personas que conocen mejor el fútbol. Lo entienden, vamos. Y esto siempre le ha costado a FIFA. Los narradores son otro motivo: Martinoli y García (Christian, grandísimo narrador deportivo nacido en Argentina pero mexicano, y Luis, genérico goleador devenido en comentarista) son muy superiores a la dupla de FIFA, cualquiera que pongan. En las últimas versiones, FIFA le ha dado el protagonismo a Mario Alberto Kempes (tremendo goleador argentino que ahora se la rebusca como puede) y sus dichos de tío rezandero, que están a una galaxia de distancia de los “¿con qué le pegó?, ¡¿con un tamal?!”, “este partido está más aburrido que cincuenta años de matrimonio” o “ahora que van perdiendo el equipo se dejará ir como gorda en tobogán” de Martinoli, que Nández usó una y otra vez durante una época de su vida y que yo he usado para salpimentar textos de ficción y de no ficción. No se trataría de un ataque frontal contra FIFA, si bien sigo pensando –y aquí me metería yo a opinar– que el mercado objetivo de este juego son gringos adolescentes y obesos. El juego de EA Sports (una empresa norteamericana, ¿qué saben los gringos de fútbol?... Exacto; los japoneses de Konami –los papis de PES– al menos crearon Supercampeones) tiene sus virtudes y sus hinchas, eso es innegable. A mis alumnos les gusta mucho, para no ir más lejos. Esto lo digo yo, no Nández. De Nández no se sabe mucho, solo que se pone a jugar Play los sábados en la tarde.
A mí –a mí, aunque también a Nández– nunca me ha gustado FIFA, pero reconozco que el saque de banda es muy superior al de PES. Y hasta ahí llega su supremacía. Defender me cuesta horrores (el hijo de puta de Sergio, un Sergio muy parecido al amigo de Nández, lo sabe y siempre me manda diagonales como puñales), pero lo que más me molesta es que los jugadores todo el tiempo hacen cosas que jamás harían en la vida real: el muy zurdo define de derecha, quien nunca cabecea se manda como si fuera Zamorano, etc.
Y hasta se podría ampliar con el detalle de Van Persie. Robin van Persie es un jugador holandés que a Nández (y a mí también, y a cualquier persona sensata) le parece muy de la clase media, pero que ha tenido (en 2018 su retiro estaba a la vuelta de la esquina; el pelo se le comenzó a poner blanco, no se sacaba a un poste, picaba más Norberto el peluquero en chancletas: el triste final del camino) una carrera destacada, incluso estelar, con el punto alto del gol de palomita que le anotó a España en el Mundial de Brasil (puto golazo). La verdad es que siempre fue un zurdo decente, que supo adaptarse a distintas posiciones en la cancha. En 2007 –más o menos– Nández jugaba FIFA en la sala de su apartamento en una ciudad menor de los Estados Unidos. Jugaba la Liga Máster de FIFA (que no recuerda cómo se llama) con el Wolfsburgo de Alemania. Era novedoso hasta cierto punto, pues FIFA siempre ha tenido los derechos de todos o de casi todos los equipos importantes (los gringos siempre han sabido entenderse con todo tipo de dictadores y mierdecillas; los de FIFA son papitas para ellos), y este es uno de los argumentos de los FIFA lovers para enrostrarle a uno su superioridad (el otro son las gráficas; “¡métanse sus gráficas culo arriba, babosos!”, contraatacaba siempre Nández, para quien la diferencia en este sentido no solo era exigua sino que delataba al zopenco de ocasión). En fin: Nández vació las arcas del equipo alemán comprando al pelao que Van Persie era entonces, y el pelao pagó con creces su contratación. Resulta que en un partido –ya Nández se había resignado a FIFA y podía vislumbrar el derrotero que tomaría su vida: una señora, par pelaos, suegros y cuñados todo el día metidos en la casa, uno o dos perros de raza, la membrecía de un club campestre en una ciudad mexicana (la chica era de Guadalajara)– Van Persie robó un balón en la mitad de la cancha y se fue solo contra el mundo. Nández hizo que se frenara para enganchar al rival y permitir a su vez que el otro delantero llegara al área a fin de mandarle un buen centro con ventaja. En lugar de centrar (en PES el botón de centrar es el de pegarle al arco en FIFA; Nández nunca se pudo acostumbrar), Van Persie/Nández le pegaron al arco con derecha y desde la mismísima porra. Y fue gol.
–No, la chimba, esto no está bien.
Y Nández, que pocas veces en su vida había mostrado iniciativa para algo, apagó el Play y decidió ir a Blockbuster (o hasta donde le tocara ir, ¡puta vida!) a ver qué lograba.
Retomemos las riendas y comencemos por fin este texto:
Nández está en su casa, que es un apartamento muy parecido al que anhelo para mí y espero poder comprarme algún día. Es sábado de una tarde genérica de 2018 y su celular vuelve a sonar.
–Aló –contesta de malos modos.
Es su hermana, que lo llama por tercera vez en el curso del día. Le dice que cree que es mejor que se vaya ya para su casa, pues su mamá sigue muy enferma.
–Eso es una indigestión, Marcela –dice, cuelga, termina el partido que estaba jugando y se echa otro (un empate y una derrota en nivel estrella; es mucho para él, pero se niega a aceptarlo), guarda sus progresos, agrega a favoritos un par de jugadores que podrían reforzar su escuadra en el mercado invernal y ya no puede seguir haciéndole el quite a la decisión de apagar el aparato.
–¡Es que nunca puedo hacer nada! ¡Nunca un respiro! ¡Nunca!
Por esto, en vez de apagarlo, lo que hace es disponer la formación para un nuevo partido (tuvo que mandar a la banca a dos de sus titulares porque salieron con la flecha morada hacia abajo; en su lugar dispuso a dos reservas con el “pipí parado”, o sea, con la flecha roja para arriba), y cuando el partido está a punto de comenzar, lo deja en pausa, apaga el televisor y pone el control a cargar.
Cree que no se va a demorar, y siempre es grato volver a casa y echarse un partido ahí mismo, antes de ponerse a hacer otra cosa.
Digamos que Nández tiene unos 35 años.
En casa de su hermana todo comienza a desenvolverse con rapidez.
En primer lugar, Nández discute con su mamá, pues la señora se niega a ir a la clínica, como es el deseo explícito de Marcela, quien llora en la sala.
La señora ha vomitado todo lo que se ha comido durante dos días.
Meses atrás, Nández y su hermana se vieron forzados a ir por su mamá a la ciudad de San Bartolomé de Honda, donde la señora vivía con una de sus hermanas luego de la llegada de la pensión. La tía Claudia (que era la mamá de Jaime Arturo y de Rodrigo) los llamó y les dijo que quizá lo mejor era que vinieran por su mamá, así que Marcela y Nández fueron por ella un puente festivo (Nández desde luego llevó el Play y lo conectó en plena sala) y se la trajeron a Bogotá. Nández estaba tenso respecto del lugar en donde se quedaría la mujer que lo trajo al mundo. En primer lugar, cuando vendieron el caserón de Cedritos, la señora, antes de irse a la ciudad más calurosa del planeta Tierra a gozar de su retiro, le compró un apartamento a Nández y le ayudó a Marcela con la cuota inicial del suyo, de manera que la balanza podía inclinarse hacia cualquiera de los dos lados. Ambos apartamentos tenían un cuarto extra y eran apropiados en forma y fondo. Pero Marcela y el patriarcado actuaron; la hermana mayor de Nández sabía que no había manera en este universo de que el güevastristes de su hermano se ocupara de otro ser humano, y la señora se estaba derrumbando. Así, Nández siguió solo en su apartamento jugando Play delicioso, y la mamá quedó instalada en el apartamento de su hermana, que quedaba a pocas cuadras del suyo en la localidad de Chapinero. Como quedaba cerca, Nández almorzaba allí con frecuencia y digamos que se ocupaba de realizar alguna diligencia de vez en cuando.
El jueves anterior a todo esto, Nández había contestado con los peores modos la llamada de su mamá, que solo quería saber dónde estaba y si estaba vivo, si estaba bien.
–¡Estoy donde estoy, mamá! ¡Por el amor de Dios!
Y ahora –sábado– la señora le hablaba desde su cama:
–¡Olvídese, Nández! –es evidente que sigue con la sangre en el ojo por las palabras de su hijo dos días atrás–. Yo no me voy para ningún lado.
Nández es de la idea de que, si la señora tiene energías para discutir con él, el asunto no es tan grave. No de clínica, en todo caso. De nuevo en la sala de su hermana enfatiza este punto, pero Marcela no cede en su idea y se terminan peleando.
–No podemos llevarla contra su voluntad, Marce –dice Nández en tono conciliador minutos después de que intercambiaran los peores epítetos.
Por toda respuesta, Marcela chilla, y Nández, resoplando, se echa en el sofá.
De repente, llega un sonido gutural de la alcoba de la señora, pero más parece un gruñido proveniente del Paleolítico. Nández y su hermana se olvidan momentáneamente de su disputa y ambos acuden presurosos. La madre de ambos ha comenzado a colapsar. La hermana de Nández pide una ambulancia; Nández se quiebra, abraza a su mamá y le pide perdón por todo, como si se tratara de una novela rusa. Todos lloran.
Ambulancia - hospital - sala de espera.
Tres de la mañana: un médico los hace pasar a su despacho.
–Es grave –afirma–. Estamos haciendo lo que podemos, pero es grave.
–¿Podemos verla? –pregunta la hermana de Nández.
El médico lo piensa durante un segundo.
–Bueno, pero rápido.
Y es en ese momento que una mujer grita “¡profe!”, y Nández, puesto que la ve con el rabillo del ojo, sabe de inmediato que es Yulissa, una chica de la facultad de enfermería de quien Nández fue profesor hace unos años, cuando no lograba ubicarse en el mundo laboral y orbitó hacia la docencia. Nández no está seguro de si se la había pichado o no, aunque evidentemente hubo acción entre ellos.
Yulissa es una buena chica colombiana que se pagó la carrera a punta de esfuerzo y consiguió un buen trabajo en la Clínica del Country, que es donde todo esto sucede.
Las cosas entre Nández y la novia tapatía que tuvo en los Estados Unidos nunca acabaron de carburar, y las razones de esa ruptura no pertenecen a este relato. De vuelta en su país, Nández no ha podido mantener ningún trabajo ni ningún amorío, pero ha jugado PlayStation 3 (lo compró con un pequeño préstamo de su mamá) que da gusto.
Digamos también que, a su modo, Nández es un buen muchacho. O eso le parece a la enfermera, y por eso se ha detenido a saludarlo en esta ocasión.
La hermana de Nández ni siquiera le concede la gracia de una mirada a Yulissa y se va a ver a su mamá. Nández, excedido por la situación, charla un poco con su antigua alumna (y muy posiblemente amante). Le cuenta que están allí por su mamá y refiere un par de detalles de su propia vida. Pasados un par de minutos, su hermana camina de vuelta por el pasillo hacia la sala de espera. Llora, pero Nández no puede consolarla porque en ese momento Yulissa está anotando el número de su teléfono celular.
Poco después se reúne de nuevo con Marcela en la sala de espera. Ninguno de los dos dice nada.
Se toman un tinto y comparten un sándwich que Nández compró en la cafetería.
Cuando le ven de nuevo la cara al médico, hacia las siete y media de la mañana, Nández sabe que su madre ha muerto.
–Lo siento –dice resignado. No los mira a la cara.
Es un tipo joven, hasta es posible que sea más joven que Nández. Un bebé, prácticamente.
Nández y su hermana lloran y se abrazan. Nández abraza a una psicóloga que salió a hablar con ellos y cuyo primer acto fue abrazar a Marcela.
Marcela sufre un breve episodio psicótico, insulta a Nández y le echa la culpa de todo. Nández hace lo que puede por consolarla. Es el peor momento de sus vidas.
Hacia las diez de la mañana, ambos han logrado calmarse. Ya hicieron los arreglos para la velación y el funeral. Ambos hubieran preferido cremarla, pero saben que esa no era su voluntad. Marcela corre con todos los gastos.
Alguien sugiere que se vayan a descansar. La hermana le pide a Nández que no la deje sola. Van a su casa y, luego de hacer algunas llamadas telefónicas, se quedan dormidos.
Los despierta una llamada de la funeraria. Todo está listo, la gente ya está llegando. Nández insta a Marcela a que se aliste y salga para allá; ella asiente. Mientras se baña, él prepara algo de comer.
Sentados en la mesa y haciendo lo posible por ignorar el puesto vacío de la madre, Nández se encarga de la logística: le pide a Marcela que, de camino a la Funeraria Cristo Rey, lo deje en su casa, de manera que pueda darse una ducha y cambiarse de ropa. No está seguro, pero cree que le va a tocar planchar una camisa. Apenas se arregle, pedirá un taxi y se reunirá con la familia en el sitio. Su hermana está de acuerdo y así se hace.
Al entrar a su casa, en el momento en que mete la llave en la cerradura, Nández se acuerda del Play que ha dejado encendido.
Prende el televisor y juega el partido que había dispuesto. Empata a uno con la Juve, que no es un mal resultado, pero el gol del empate se lo anotan en la última jugada (porque el imbécil de Sergio de alguna manera se enteró y lo llamó al celular a darle el sentido pésame. Esas fueron las palabras que usó: “Llamo a darle mi sentido pésame, Nández”. Se sabe que jugar Play y hablar por celular al mismo tiempo es muy difícil, por no decir imposible).
El apodo que siempre ha tenido la Juventus de Turín, el equipo más poderoso de Italia, es significativo y quizá tenga algo que ver con este escrito en el plano metafísico: la Vieja Señora.
–¡Vida hijueputa! –grita Nández a todo pulmón no bien ha colgado con su amigo de más de veinte años.
En ese momento timbra de nuevo su teléfono y es Juan José. Nández decide no contestarle.
Puesto que no quiere irse perdedor, va a opciones y baja el nivel de estrella a profesional. Le gana sufriendo al Empoli y quiere más: juega un último partido. En el primer lance le hacen gol de tiro de esquina y, por más que se esfuerza, no puede vulnerar la defensa del siempre aguerrido Torino. La posesión del balón es toda suya.
Ha pasado una hora.
Su hermana comienza a llamarlo por teléfono.
Logra empatar con un autogol en el minuto 77, pero no hay poder humano que lo haga ganar el partido.
Es la última vez que Nández juega PlayStation en su vida.
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Este es el final del texto que debió de llamarse “Liga Máster”, protagonizado por Nández pero con continuas y refrescantes intervenciones mías (mías de mí). Yo me parezco a Nández, o Nández se parece a mí, mejor dicho, pero en realidad somos muy distintos. Yo no estudié en los Estados Unidos (¡ojalá!), pero sí tengo algunos semestres (me retiré por motivos que no vienen al caso, y desde luego lo hice habiendo obtenido la más alta estima y consideración del profesorado, todos tremendísimos escritores, algunos de ellos injustamente inéditos) de una maestría en escrituras creativas. De la maestría en escrituras creativas. El maestro Isaías (que Dios lo tenga en su santa gloria) siempre insistía en que debíamos declarar el objeto de nuestro escrito en algún momento de la redacción, ojalá al principio.
Querido maestro: en esta ocasión yo he decidido esperarme hasta el final.
Desde luego, yo también soy un jugador consumado de Play, pero no soy tan anal como Nández. Si toca jugar FIFA, pues juego FIFA. No me parece que la diferencia con PES sea muy grande.
Esculcando en mi historia personal, encuentro que debuté en los videojuegos de fútbol, los únicos que de verdad me han interesado, con Pelé’s Soccer, un juego de Atari 2600 que les regalaron a mis primos (Jorge Andrés y Hernán Camilo en este plano de la realidad). Como juego era una auténtica mierda, pero era simpático y tenía un buen nombre; fuimos muy felices hasta que mi tío Álvaro Fernando, el papá de ellos, se quedó con la palanca del joystick en la mano (el muy bestia).
Después recuerdo que iba con mis primos y con los amigos de mi barrio (que no es Cedritos sino Niza IX, es Sergio quien vivió en Cedritos) a jugar maquinitas a Bulevar Niza. Había varios juegos de fútbol y los probé todos. Mi favorito (no recuerdo el nombre, disculparán) era uno en que el árbitro salía detrás de los jugadores y tenía que alcanzarlos para poderlos amonestar. Alguien descubrió que uno podía huirle ad infinítum. Más allá de este detalle, no logré obsesionarme con ninguno de estos videojuegos. Quizás no fueran muy buenos, o puede que yo no fuera muy hábil para jugarlos, o de pronto las monedas que me daba mi mamá se me acababan muy pronto.
Pasados unos años, cuando yo tenía quince o dieciséis, mi papá nos dio la sorpresa más grande que me han dado en la vida: ¡un Super Nintendo nuevecito! La máquina quedó conectada en mi cuarto (a mi hermano nunca le interesaron los videojuegos, ¡pobre güevón!) y allí me hice un dios del Super Soccer, uno de los juegos que también nos compró el viejo. ¡Llegué a ganarles a mis amigos hasta con los dedos de los pies! No exagero. Meses después contraje hepatitis (la menos grave) y tuve que quedarme en casa unas semanas. Jugué tan bien y tan seguido (siempre con la selección holandesa), que llegué a contemplar la cuestión de si en el mundo habría alguien capaz de ganarme en este videojuego. Lo decía totalmente en serio, era la primera vez que me consideraba en la escala global. Imaginaba competiciones mundiales donde yo salía campeón venciendo a taimados rusos y a japoneses onanistas, a quienes no les quedaba otra que reconocer la superioridad del muchacho venido de Suramérica.
La furiosa irrupción del PlayStation en las sociedades del mundo coincidió con el derrumbe de mi familia. Mi papá acabó por confesar que tenía otra mujer y otros hijos, y se fue con ellos. Nosotros ya estábamos grandes y allá lo necesitaban más: ese fue su razonamiento. El día que vino por las cosas pidió permiso para llevarse el Super Nintendo para los niños de allá, que yo de tanto jugar había sumido en cuidados intensivos. Mi mamá lo desconectó con una fuerza sobrenatural y se lo partió en la cabeza. Esa fue la última vez que lo vimos.
Con la partida del paterfamilias nuestro presupuesto se apretó aún más. Mi mamá (una mujer excepcional desde todo punto de vista) no daba abasto y nunca se consideró la compra del PlayStation que yo tanto anhelaba. Sin embargo, cuando rozaba los veinte años y cursaba sin ningún entusiasmo los primeros semestres de la carrera de contaduría (con subvención del Icetex, como todos en Niza), me las arreglaba para jugar las primeras versiones del insuperable Winning Eleven aquí, allá y acullá.
Un día bajaba las escaleras de mi edificio con el idiota de Sergio cuando se abrió la puerta del recientemente ocupado apartamento 101. Una señora de unos cuarenta años nos invitó a pasar. Tras ofrecernos té y galletas, nos invitó a jugar PlayStation con su hijo, y fue de esta manera que conocimos a Nández, quien debía de tener unos trece años, quizá menos. Nunca supimos cuál era su nombre, pero la señora le decía así y nosotros lo terminamos llamando igual. Nández tenía alguna discapacidad cognitiva que le impedía brillar en Winning Eleven (y hasta caminar y expresarse correctamente; pero no era una discapacidad grotesca, todo lo contrario, era un chico muy dulce a quien yo llegué a apreciar como si fuera mi hermano menor), de manera que Sergio y yo jugábamos alternadamente contra la computadora y le dábamos a Nández el otro control y le hacíamos creer que era un crack. ¡Cómo la pasaba de bien ese muchacho! El control lo teníamos que limpiar después, quedaba todo babeado, pero la verdad es que no nos importaba. La mamá de Nández se dejaba caer por intervalos en la habitación de su hijo y nos traía sándwiches de jamón y queso, paquetes de tostacos y coca-colas. No miento si afirmo que, en la piecita de Nández, Sergio y yo nos formamos como los más prometedores gamers que Niza IX haya visto jamás.
Una tarde estábamos con Sergio (quien años después me confesó que había perdido la virginidad con la mamá de Nández, pero yo no le creí, ese berraco siempre fue muy mentiroso, incluso más que yo, que es mucho decir) en la tienda tomando gaseosa y de repente vimos que Nández venía de la mano de un señor. Cuando nos vio se puso feliz y vino a saludarnos. Era el tío, y Nández se atropellaba contándole que éramos sus amigos y que jugábamos Play todos los días. El señor, buenísima gente, nos compró una empanada a cada uno y los cuatro caminamos hasta el parque y nos sentamos en una banca. Cuando se iban, Nández articuló la frase que siempre me ha acompañado:
–¡Es que ese juego es mejor que vivir, tío! ¡Mejor que vivir!
Creo que fue en quinto o sexto semestre de mi carrera que la mamá de Nández se trasteó a otro barrio, y yo tuve que recurrir a nuevas alternativas para jugar Play. Una tarde llegué a la casa y mi mamá me hizo sentar en la sala. A quemarropa me contó lo que la peluquera le había contado a ella: Nández había fallecido. No quise preguntar ningún detalle, y mi mamá se echó a llorar. Yo me encerré en mi cuarto.
Tras graduarme, entré a trabajar en una empresa en la Zona Industrial (y con el tiempo, gracias a un conocido de mi familia, enganché como profesor de introducción a las matemáticas financieras en Uniminuto; Dios es mi testigo de que nunca le he puesto la mano encima a ningún alumno o alumna). Con uno de mis primeros sueldos pude comprarme por fin un PlayStation 2. Lo demás es historia.
En cuanto a mi mamá, la pobre casi se nos muere en 2018 (fue por esto que tuve que retirarme de la maestría), cuando yo todavía tenía el PlayStation 3. En “Liga Máster” pinté a una hermana mayor bastante responsable y proactiva (que además le hubiera venido muy bien a Nández); en este plano de la realidad la pecueca de mi hermano se fue a Nueva Zelanda en 2005 y apenas nos llama cada quince días. De todos modos, en 2018 tuvo que venir a poner la cara porque la cosa fue bastante grave. A mi mamá le dio una pancreatitis y casi se pone la piyama de madera. Por fortuna, luego de un mes y medio en una clínica mucho menos glamurosa que la del Country, nos la pudimos traer de vuelta a Niza, donde yo todavía vivo con ella.
Está muy bien de salud (esto lo escribo a finales de 2019, me acabo de comprar el Play 4; la verdad es que el Xbox nunca me interesó, pero Sergio siempre ha tenido, porque es más fácil piratear los juegos, y se dice “el Play”, “el Xbox”, nada de “la Play”, “la Xbox”, ¡engendros de los chapetones!), ya camina y habla hasta por los codos.
Gracias por preguntar.
Por último, sé que lo usual es poner la dedicatoria al principio del texto, pero yo he optado por hacerlo al final.
Viejo Nández: espero que te haya gustado. Sé que no te di la mejor vida, pero una vida mediocre es mejor a una no vida. (Y jugar Play sí es mejor que vivir: en eso tienes toda la razón.)
En cualquier caso, me imagino que lo hablaremos después.
ACERCA DEL AUTOR
Es autor de las novelas Gramática pura y Mother Tongue: A Bogotan Story, ambas publicadas por Rey Naranjo Editores. En 2019, Penguin Random House publicó su libro La ley del ex.