Dos relatos hondanos

A propósito de la reciente edición de la Plaza del Libro de Honda, publicamos un par de breves relatos que exploran los misterios de Honda y la relación que dos mujeres han entablado con la ciudad de los puentes en Tolima.

POR Laura Correa Silva y Anggie Marcela Hernández

Junio 28 2025
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Crédito: Plaza del Libro de Honda

Todas las lágrimas regresan al río

Por Laura Correa Silva

En algún momento de mi vida sentí que había perdido la capacidad de asombro —y un poco el cariño— hacia la tierra en la que crecí.

Caminaba en el pasado o en el futuro, y muy poco en el presente. Me era imposible apreciar lo bello que me rodeaba. Deseaba —por puro desconocimiento— un lugar más “vivo”, “avanzado” o “desarrollado”.

Con el tiempo, llegué a donde tanto anhelaba. Habité lugares —no solo físicamente— donde las horas del día no alcanzaban, la vida iba rápido y las distancias no solo eran geográficas.

Pasé años así, con un convencimiento torpe pero firme: que para vivir tranquila y lento tendría que esperar a la vejez.

Hasta que llegó un huracán. Mis creencias quedaron sin techo, mis convicciones sin paredes y mi corazón de porcelana roto en pedazos. Todo era caos. No encontraba salida ni refugio, pero, como un presagio, mis lágrimas me devolvieron al río.

Volver no fue fácil. Me sabía a derrota, o era la representación de lo que no soñaba. Me incomodaba el canto de los pájaros, el calor, la silenciosa tranquilidad y el lento pasar de las horas hasta que llegara el momento ideal de “cuando baje el sol” para poder andar.

Mi determinación de estar incómoda no era otra cosa que un rechazo a lo que mi corazón deseaba, pero que aún no sabía que tenía frente a mí: tiempo, tranquilidad y el goce del presente.

Una tarde, viendo el sol esconderse entre farallones, entendí que mi medicina era, precisamente, lo que más había renegado.

Empecé a caminar con ojos de turista, anulando de mi mente la idea de que este lugar era un “estancamiento”. Me permití redescubrir calles, ver el cielo más azul, despertar con la salida del sol, descifrar la hora con el cantar de los pájaros y aprender de las historias de las personas que tal vez siempre estuvieron y nunca vi.

Honda me recibió derrotada y me permitió transformar mi malestar en la medicina para una enfermedad silenciosa.

Aún hoy, el calor me aflige, y en ocasiones añoro la incomodidad de un vivir frenético. Pero, desde el desconocimiento hacia lo que vendrá, puedo asegurar que no volveré a mirar este lugar con otros ojos que no sean los de una turista.

La visita a la Botica Cerón, la más antigua de Colombia, me llevó, más allá de su relación literal con la “medicina”, a evocar la idea de un lugar donde el vivir cotidiano —con sus dolencias y angustias— encuentra remedios adecuados.

Honda fue para mí lo que la Botica Cerón fue para los enfermos del siglo XX.

 

Topografía de lo imposible 

Por Anggie Marcela Hernández

 

Hay un lugar en el mundo que parece abrir la puerta a otra historia y a otro tiempo.

El sol siempre lo toca, el calor lo abraza, el río lo atraviesa y lo divide, como haría cualquier sueño que nos separa del mundo tangible.

Entre las piedras de sus calles germinan y brotan flores, como negándose a quedar enterradas bajo la invasión humana.

Sus casas, más que viviendas, son construcciones destinadas a alojar gigantes. Nada más lejos de la verdad, pero así es este sitio: onírico, irreal.

Quizás habita en el corazón del realismo mágico, pues cualquier historia que desafíe la lógica podría contarse desde aquí.

Hay puertas antiguas y carcomidas en lugares que aparentan no guardar nada detrás; callejones angostos y un puente a pocos metros de otro, y de otro, y de otro...

Hay relatos detenidos en el tiempo, donde conviven virreyes e ingenieros; grilletes, máquinas de escribir, computadores y celulares. Es un rincón en el que los ecos del pasado aún resuenan, y lo nuevo no borra lo viejo, sino que lo recubre con una pátina de continuidad misteriosa.

A menudo emergen espacios que resucitan entre escombros, polvo y retazos, y puedes ver a un coloso abriendo puertas, rugiendo y llenando vacíos con viejos y nuevos habitantes.

Hay una plaza que se resiste al deterioro y al paso de los años. Un río que amenaza con reclamar lo que una vez fue suyo y que no solo transporta peces y piedras, sino que contiene un mundo en sí mismo, con sus propios códigos y criaturas. Frente a él, las personas piden permiso para extraer sus frutos o navegar sus aguas, no sin antes entregar un tributo en forma de tabaco y aguardiente.

Es una ceremonia no escrita, una reverencia instintiva ante una fuerza que no se domestica.

Sobre tu cabeza siempre se enredan árboles y más árboles, lianas, ramas, flores y aves que parecen serlo... y otras de las que nunca estarás seguro.

Hay narraciones infinitas de mujeres que caminan o flotan por las mismas calles; de hombres de chanclas y atarraya, o de caballo, abrigo y sombrero negro; de ataúdes que se despegan del suelo o de tumbas que emergen de las profundidades del río.

En las noches, si escuchas con atención, podrías oír susurros que no vienen del viento, sino de alguna historia aún sin terminar.

Aquí la realidad se teje, se pesca, se encuentra o simplemente aparece.

En un lugar donde todo es posible, no tiene sentido ser escéptico.

No es un sitio con historia: es un pueblo hecho de magia.

ACERCA DEL AUTOR


Laura Correa Silva (Honda, 1995). Profesional en negocios internacionales de la Universidad del Tolima, autora del libro De-Liberadas Vol. I. Fundadora de Nereia, un proyecto de diseño artesanal que enlaza arte, identidad y memoria desde el territorio.

Anggie Marcela Hernández (Honda, 1996). Maestra en artes plásticas y viuales que cree en el arte como punto de encuentro. Ha sido parte de proyectos editoriales, educativos y culturales como la Plaza del Libro de Honda, el 46 Salón Nacional de Artistas y otros espacios donde el arte conversa con la vida cotidiana. Le interesan las historias que habitan los territorios, la curaduría como relato y la mediación cultural como acto político.