Dossier amazónico: “Niputideas”, mesas de disección y otros (des) encuentros entre poesía y taxonomía

Un poeta analiza las tensiones entre el acto de nombrar de la ciencia y el acto de nombrar en la poesía. Mientras va hilando ideas al respecto, echando mano de la labor de un puñado de biólogos amazónicos, se encuentra con los ires y venires de dos disciplinas que, a través de recursos distintos, procuran cincelar con el lenguaje lo que anida en la mirada.

POR Rómulo Bustos Aguirre

Abril 25 2024
Ilustración de Ana Sophia López Ocampo.

No hay clasificación del universo que no sea arbitraria y conjetural. La razón es muy simple: no sabemos qué cosa es el universo.

Jorge Luis Borges - “El idioma analítico de John Wilkins” 

 

Ilustración de Ana Sophia López Ocampo. 

 

Tiene sus misterios la taxonomía: una hoja no es siempre una hoja, una flor no es siempre una flor. De modo que cuando crees que tienes en tu mano una ramita de matarratón (Gliricidia sepium) no se trata, en verdad, de una ramita, sino de una hoja compuesta. (El numeroso bosque es una sola hoja, susurraría, minimalista, el poeta nariñense Aurelio Arturo.) O cuando el iluso enamorado deshoja margaritas no va dejando a su paso un perplejo reguero de pétalos, sino un camino de ramilletes, pues la margarita, más que una flor, es una inflorescencia, que no es lo que su nombre pareciera sugerir: ausencia de flores, sino lo contrario: un ramo de las mismas donde cada engañoso pétalo es, en realidad, una flor. 

Jorge Mario Vélez ilustra sobre estos juegos entre naturaleza y taxonomía mostrándome una engañosa ramita del bejuco clavellino que cuelga a su espalda. Él es botánico del Instituto Amazónico de Investigaciones Científicas SINCHI, y el nombre científico del bejuco que me enseña es Mutisia clematis o flor de Mutis. Detrás de él hay también, como ángeles custodios, un par de anturios negros. Detrás de mí un miami (o potus) exhibe sus arabescos. Él conjura su nombre científico: Epipremnum aureum. Yo le comento que es mi planta-tótem. Aparece diseminada por toda la casa –por todas las casas en que he habitado–, en los rincones más imprevistos. Su envolvente presencia me resulta benévola. Sospecho que compartimos una especie de flujo animista. Él me comenta que se dice que los padres de Linneo le curaban sus rabietas infantiles poniéndole en la mano una flor ante la cual se quedaba embrujado.

¿Cómo pasa una simple miami a convertirse en glamorosa Epipremnum aureum, o el humilde matarratón que sirve de cercado en los polvorientos caminos y pueblos del Caribe a mutar en exquisito Glicerium sepium? ¿Cómo opera el ritual bautismal mediante el cual un ser vivo es sacado de su mundo cotidiano o sagrado para entrar al aséptico mundo de la ciencia? ¿Qué se pierde, qué se gana en esta ceremonia de paso? El lenguaje poético pudiera ser inevitable telón de fondo para escarbar en estas preguntas: ¿cómo entran en juego, pues, cotidianidad, poesía y ciencia, nombrar poético y nombrar científico?

Deténgase el lector en el siguiente listado de palabras: Tararira, tararayra, pirá naró, guabina, tarango, moncholo, tarucha, guanchiche, quicharo, tarei, mondiah, trahira, tarala, tareiyi, taraliya

Esta retahíla pareciera parte de un ritual chamánico de limpieza. En realidad, se trata de algunas de las incontables denominaciones, en lenguaje popular y lenguas vernáculas, con que hace malabares para esconderse el mismo pez que la taxonomía científica nombró Hoplias malabaricus. Nombró, es decir, estabilizó, sacó de las cenagosas ambigüedades. La poesía no nombra, su medio natural es la ambigüedad. No fija ni limpia ni da esplendor, tan solo apalabra lo numinoso, balbucea lo innombrable. Precisamente aquello que la ciencia pretende acallar: el sonido y la furia de los que hablan Shakespeare y Faulkner. O acaso la música callada y la soledad sonora de las que nos trae fragmentaria noticia san Juan de la Cruz.

Los interrogantes planteados serían, pues, un delicado negocio de tensiones entre ciencia y poesía que –se me ocurre pensar– pone en órbita plurales interacciones, cautelas y traslapamientos, ocultas veladuras e imposiciones. Allí entran en juego sinuosas capas tectónicas del decir y el hacer, del lenguaje en su relación fundacional con la cultura y en donde se movilizan complejos gradientes de la Historia, la geopolítica y aun de la ontología. Sobre esta última referencia conviene no olvidar que el bautismo encierra una insoslayable querella entre el Ser y el no Ser.

Del lenguaje adámico a Linneo

Dios le otorgó a Adán la potestad de nombrar cada especie animal del jardín del Edén. Y, por extensión, es de suponer, también cada especie vegetal.

–¿Es el taxónomo otro Adán? –pregunto a quemarropa a Jorge Mario.

Este se lo toma divertido y contesta que “sí, pero no”, como en el ochentero éxito de “Lolita”. Y me explica el asunto. Lo primero es borrar la primera imagen que se le viene a uno cuando se habla del “descubrimiento” de una nueva especie que, por consiguiente, requiere ser nombrada siguiendo los protocolos de la ciencia: la imagen del futuro descubridor que entra a la espesura de la selva y, de pronto, ¡eureka!, descubre una especie. Esto realmente no ocurre así. Si este es el caso, no lo sabrá –no estará seguro de ello– sino después de desplegar una serie de pasos, siguiendo los parámetros de clasificación estipulados por la ciencia, básicamente a partir de Linneo. Y si bien no se descarta la posibilidad del eureka –siempre que se trate de un superespecialista que se haya dedicado toda la vida a ello–, lo normal es que el futuro descubridor se interne y se extravíe entre disecados bosques de populosos herbarios o colecciones zoológicas diseminados por el país y el mundo, en universidades e institutos de investigación.

Luego de minuciosas contrastaciones y verificaciones, a partir de examinar diversas muestras-tipo recolectadas en diferentes estaciones del año y entornos por diferentes investigadores en distintas cronologías, etc., el biólogo concluye –o concluyen, si trabajan en equipo– que se trata, en verdad, de una nueva especie. Sin embargo, aún falta lo más importante: la elaboración de un artículo o informe, que, evaluado por pares, sea presentado a la exigente comunidad académica, mediante la publicación en una revista científica de investigación.

El proceso de clasificación puede ser tan arduo que, fruto de la impotencia, de cuando en cuando surge gozosa la presencia de lo popular, que hace estallar de modo carnavalesco los sacrosantos muros, la mayestática seriedad del uso del latín y el griego en la taxonomía. Un ejemplo es el del desopilante bautismo de la ranita Allobates niputidea. Dentro de la clásica nomenclatura binomial, lo que sería el nombre de pila viene dado por la palabra niputidea, que en este caso simula ser latín, pero en realidad es un mamagallismo. En ella se oculta la conocida expresión del habla coloquial: ni puta idea. Al parecer, sus perplejos descubridores, en efecto, no tenían ni puta idea de cómo nombrarla. Y fue así como la saltarina rana nodriza, endémica del Magdalena Medio, pasó de cenicienta a princesa con un nombre al que no le faltan blasones.

Adán la tuvo un poco más difícil (o más fácil, según se mire el asunto), intuyo, no solo por las continuas interferencias de Eva, (si le creemos al Diario de Twain), sino porque no había protocolos previos ni minuciosos posibles impugnadores entre sus pares, ni era menester hacer antesala a exigentes revistas académicas. Sin duda, el acto nominador de Adán tenía serias implicaciones, pues, de alguna manera, continuaba la labor ordenadora del mundo de la Divinidad. Y esto no es poca cosa. Ya la Divinidad había enfrentado al Caos, al terrorífico No Ser –que desquiciaría un poco más tarde a Platón y a otros filósofos–, pero el mismo siempre se mantendrá latente como una amenaza. Mutatis mutandis, aquella es la labor de los taxónomos. Desde luego, ha cambiado la parafernalia, esto es, los dispositivos en que encarna el espíritu de la Ilustración, de la cual hoy las universidades, centros de investigación y revistas académicas son herederos. Curiosa paradoja: la ciencia moderna continúa la sagrada labor ordenadora del mundo que antes había sido confiada a la teología y a la filosofía, arrebatándoles ese poder e invirtiéndolo mediante la puesta en escena de la secularización. El indesatable nudo gordiano de esa curiosa paradoja es el dualismo que constituye el fundamento de la imaginación occidental dominante, común a la filosofía, la teología y la ciencia. Con todas ellas entran en tensión el modo de nominar de la visión poética y las visiones ancestrales del mundo.

El vértigo clasificatorio de la modernidad

Reino, filum, clase, orden, familia, género y especie configuran las rejillas a través de la cuales se ordena la bullente realidad de los seres vivos. Categorías encajonadas ascendentemente a partir de la especie. Se trata de abstracciones generadas desde lo visible, animal o planta. La propuesta taxonómica de Linneo sigue en pie, si bien modulada por la filogenética evolutiva y otros criterios según los avances de la biología. Sin embargo, no siempre se clasificó según los lineamientos de Linneo, pues no siempre hubo ciencia tal y como ahora la conocemos. Tanto Jorge Mario Vélez como Astrid Acosta y José Rancés Caicedo –estos últimos zoólogos e investigadores del SINCHI– apuntan con ello no solo al modo de clasificar de la antigüedad clásica, sino al modo ancestral del originario y actual entorno amazónico. 

El surgimiento de lo que hoy llamamos ciencia va asociado al despuntar geopolítico de Europa, al eclipse de Oriente como eje comercial del mundo. La entronización de Occidente va de la mano, junto a otros intrincados procesos, del llamado “descubrimiento” y avasallamiento de América y Oriente. Momentos capitales de este irresistible ascenso de Occidente los constituyen la esclavización de África, la parasitación de la India y esa oscurísima época de las llamadas guerras del Opio, cuando el flamante Imperio británico de la reina Victoria se convirtió en el primer narcoestado de la Historia. Capítulo aparte le corresponde al ataque terrorista más letal infligido al planeta y a la humanidad: las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki.

Este sismo geopolítico se irradia hacia todos los campos y las innumerables capas estratigráficas de la cultura y la sociedad. De aquí surge el culto romántico del yo y el imperialismo de la razón, y por esa vía aparece el supremacismo racial-civilizatorio de Europa. Es desde este lugar de las mentalidades del Viejo Mundo donde se potencia la necesidad de cartografiar y clasificar. La siguiente observación general, incluida en el catálogo de la exposición de 2008 El viaje de Mutis: un botánico entre dos mundos, a propósito de la celebración en España del bicentenario de José Celestino Mutis, da cuenta de lo dicho:

"Conocer la naturaleza [y, con ello, nombrarla, agrego yo] significa dominarla. En el siglo XVIII, frente a un mundo exuberante más allá del Atlántico, los gobernantes empiezan a ver el potencial de hacer suyo lo que ofrece el Nuevo Mundo. Los viajes de exploración se convierten en pieza clave de los intereses políticos y comerciales de los Estados europeos y todos ellos vuelcan sus esfuerzos en llevar a cabo enormes expediciones en las que los naturalistas clasifican y nombran los objetos naturales bajo sus dominios."

Y más específicamente, líneas después, se añade:

"Desde su enclave privilegiado, Mutis es consciente de que la pujanza comercial de la Corona pasa también por el conocimiento del resto de potenciales de las colonias. Entre 1763 y 1764 el cien- tífico escribe varias cartas a Carlos III pidiéndole la creación de una Expedición Botánica capaz de sistematizar las posibilidades de la Nueva Granada."

Esta expedición encontrará vía libre veinte años después y coincidirá en algún momento, en suelo de la actual Colombia, con la Expedición de Humboldt. Esta pulsión clasificadora y nominadora de la ciencia de los siglos XVIII y XIX se anuda rizomáticamente con la función nominadora de los “descubridores” y conquistadores al llegar a América en los siglos XV y XVI. Precisamente a Humboldt se le consideró en su momento una especie de segundo “descubridor” del Nuevo Mundo.

Ya en el siglo XX, el antropólogo y explorador Wade Davis nos dio luces sobre estos complejos lazos entre ciencia y geopolítica. En su extraordinario libro El río evoca a su maestro Richard Evans Schultes, quien dedicara más de doce años a la investigación en la Amazonia colombiana, así como a su cofrade Tim Plowman. Del primero dice:

"Allí, mientras rastreaba la identidad del curare, se embarcó en una de las más importantes investigaciones botánicas del siglo XX: la búsqueda de nuevas fuentes de caucho silvestre, pesquisa que adquirió mayor urgencia con el advenimiento de la Segunda Guerra Mundial."

Y sobre ambos añade:

"Al final, los mayores logros tanto de Plowman como de Schultes fueron negados e incluso traicionados por el mismo gobierno que había patrocinado su trabajo. Las elegantes descripciones que hizo Tim de la coca como un estimulante benigno fundamental para la cultura y la religión amerindias, y su descubrimiento de que sus hojas desempeñan un papel esencial en la dieta de los campesinos andinos, no pudieron detener a quienes estaban empeñados en la erradicación de la planta por medio de venenos que contaminan los numerosos ríos que van a dar al Amazonas."

Desde las ironías de la Historia nos hace guiños la quina, uno de los grandes emblemas de la Expedición Botánica que hizo del sabio Mutis un hombre rico. Sus usos medicinales eran suficientemente conocidos por las culturas amerindias desde tiempos inmemoriales y en ellos “la España colonial encontró un remedio contra las fiebres intermitentes, pútridas y malignas”, dice el catálogo de la exposición mencionada párrafos atrás. Por obra y gracia del bautismo taxonómico quedó convertida por Linneo en Cinchona officinalis, en homenaje a las ahora inmortales fiebres que padecía, al parecer, la condesa de Chinchón.

Un cambio de paradigma

Nuestros biólogos del SINCHI coinciden en que ha habido un cambio de paradigma. Por un lado, si bien la geopolítica –y el poder en general– permea de modo casi invisible todos los campos del saber, también es verdad que asistimos en el siglo XX, en gran modo, a un giro copernicano en la relación de la ciencia con la naturaleza, en su mirada sobre la vida. Las siete categorías taxonómicas de Linneo vistas como siete alfileres que intentan dejar fijo, atrapado en su esencia, al ser vivo, solo se pueden admitir cuando se percibe la naturaleza como algo estático y definitivo. La actualidad de los temas de biodiversidad, ecologismo, cambio climático y derechos de la naturaleza patentizan esta nueva perspectiva y sensibilidad. La Agenda 2030 de la ONU en torno a desarrollo sostenible pone rúbrica a las políticas de Estado en esta dirección. Ciertamente, en la época de Linneo no existía la biología tal como hoy la conocemos. El evolucionismo, la genética, la bioquímica, la genómica, la biología molecular, la neurobiología vegetal aparejan una nueva mirada donde el movimiento, el cambio, la transformación y las configuraciones relacionales de la vida imponen nuevos ritmos. El objeto de estudio ha mutado, es decir: la construcción imaginaria del objeto de estudio ha cambiado y con ello las metodologías. Se piensa la vida como algo inabarcable e infinito, en continua transformación. El sesgo antropológico cede su lugar a concebir al ser humano como una parte de una totalidad, no como el eje del universo. El ser humano, a regañadientes, parece entender que, en disconformidad con la palabra bíblica, la naturaleza no está ahí para servirle, para ser dominada.

Por otro lado, actualmente las investigaciones dentro de estos lineamientos forman parte de la agenda político-medioambiental y bioeconómica de cada país. Se trata ahora de investigadores e institutos de investigación de trazado nacional. Naturalmente hay colaboración e integración internacionales. Tal es el caso en nuestro país del Instituto SINCHI y de sus Expediciones Colombia BIO.

Este cambio de mirada, como bien señala Andrea Wulf en Magníficos rebeldes, ya estaba en Humboldt. En gran medida, su juvenil influjo sobre Goethe se hace ver cuando este declara que “la poesía y la ciencia llevaban ya demasiado tiempo considerándose ‘las más grandes antagonistas’ ”, sugiriendo así su urgente y necesario diálogo. Wulf resalta asimismo la figura tutelar de Humboldt como anticipador de la revolucionaria teoría de Gaia de los años setenta de Lovelock, así como su influencia en el naturalismo de Thoreau y Emerson. Sin embargo, cabe anotar que el descubrimiento de la naturaleza como ser vivo siempre ha estado en la mirada ancestral, primordial y actual. En este caso, con Humboldt se estaría más bien ante una vuelta, un retorno de Occidente a la imaginación holística originaria y no exactamente frente a un descubrimiento. Sospecho en esta necesidad de “descubrir” lo ya descubierto, de “inventar” lo ya inventado, un rostro más de la hybris eurocéntrica. Harold Bloom atribuye a Shakespeare la invención de la humanidad, y Wulf atribuye a los románticos la invención del yo y el surgimiento del ecologismo. Desde luego, se refieren a la humanidad y al yo modernos, pero la modernidad europea es solo un momento en la larga historia de las culturas. El budismo –que es tanto religión como sicología– ya había inventado el yo muchos siglos atrás; ya había demostrado su insustancialidad y anticipado la ironía romántica y posmoderna. Extraña peste de invención y olvido.

Tres nombres más, inevitables en la marcación de este giro: Lynn Margulis o la vida como simbiosis. Stefano Mancuso o la sensibilidad e inteligencia de las plantas. Emanuele Coccia o la vida como alucinante empuje metamórfico.

Imaginación ancestral, poesía y ciencia

Mientras converso por videollamada con Astrid y José Rancés veo la mitad del rostro de cada uno de ellos a lado y lado de la pantalla. Imagino un mitológico animal de dos cabezas. Borro la imagen, pero no puedo evitar recordar cierta expresión de Jorge Mario: “Por mi sangre debe correr alguna gota de clorofila”. No, no es un animal mitológico ni virtual. La analogía me gana y razono: si por Jorge Mario corre una gota de clorofila, por la sangre de Astrid debe correr una gota de agua de mar y por la de “Rancho” –como prefiere cariñosamente llamar Astrid a Rancés– alguna dosis de veneno de cascabel. Ambos rieron de mi ocurrencia. Astrid conjetura que, en su caso, no se trataría ya de una gota de mar, sino fluvial, pues la actividad en el Amazonas la había mutado de bióloga de agua salada a bióloga de agua dulce. Rancho, por su parte, neutralizó su veneno con unas dosis homeopáticas, mutando la ponzoña en poder curativo. A propósito de estas mutaciones y del equívoco que me generara inicialmente la polisemia de la palabra “rancho” en boca de Astrid, saltamos al caso del erizo de mar, que Astrid, como exbióloga marina, describe así:

–En el ápice de las púas del erizo están alojados diminutos ocelos que, por supuesto, cumplen una función óptica (más bien rudimentaria). Las púas les sirven además para desplazarse; son un instrumento sensorial para mapear su entorno.

Yo hice la observación de que ese “tres en uno” del erizo podía leerse como sinestesia, desde el ángulo de la poesía. Rancho anotó que es también similar al comportamiento de cruces sensoriales descrito en los estados de conciencia expandida propiciados por los chamanes amazónicos. En verdad, la caracterización como funcionamiento rudimentario más bien podría obedecer a un minus de la mirada humana que no de la naturaleza, cuyos designios nos desbordan, permanecen ocultos… y probablemente ni siquiera existan, en cuanto tales.

Generalmente, para nombrar instituciones científicas se apela a homenajear a reconocidos científicos o filántropos benefactores. No fue así en el caso del Instituto SINCHI. Esto me resulta demasiado significativo para verlo como mero azar. El hecho de que una institución científica lleve en su nombre una palabra en quechua, que haga reconocimiento del valor de las culturas aborígenes americanas en el acto de nombrarse a sí misma, no es algo banal. Hay en ello, sin duda, una impregnación en el espíritu de Gaia o Pachamama; va en ello –en principio– una apuesta por una filosofía del mundo como fluido entrelazamiento orgánico, como laberíntico trenzado de la vida con sus violencias y sus éxtasis, sus misteriosas y abruptas melodías, sorprendentes códigos y oníricas soluciones adaptativas. Por lo demás, la apuesta es legible en la horizontalidad con que sus investigadores se relacionan con las comunidades amazónicas a partir del respeto y el trabajo en colaboración. Ven en sus sistemas clasificatorios de plantas y animales fórmulas o criterios que encuentran su sentido en el conjunto de sus culturas, de sus elaboraciones míticas, prácticas rituales e imperativos pragmáticos de su cotidianidad. El finísimo despliegue de la sensorialidad del sabedor –y el indígena, en general– y su apertura a lo sobrenatural implica ver o interpretar sonidos o distinguir matices claramente donde la mirada o la escucha del investigador resultan ciegas o puestas en crisis.

Al respecto, el antropólogo colombo-austríaco Reichel Dolmatoff nos entrega una imagen ilustrativa sobre el complejo anudamiento entre los desanas del Vaupés y la naturaleza:

"La relación entre el hombre cazador y su presa tiene […] un marcado componente erótico. En efecto, la caza es prácticamente un cortejo y un acto sexual. El verbo “cazar” es waí-mera gameta-rári, lo que se traduce como “enamorar a los animales”.

¡Qué lejos está todo esto del omnívoro predador urbano que somos, al que le basta con ir al supermercado a elegir el consumo animal que precisa!

Igualmente, al clasificar el mundo animal, los desanas emplean cruzas categoriales como las siguientes: a) animales que vinieron con la canoa-culebra, b) animales solares, c) animales que se crean a sí mismos, d) animales que no flechan, e) animales casi gente, f) animales que solo hablan, g) animales silbantes, zumbantes o percutientes como tambor...

La anterior enumeración puede recordar la bizarra clasificación que trae Borges en su cita del apócrifo y remoto diccionario chino en el ensayo “El idioma analítico de John Wilkins”. Sobre esta cita señala lúcidamente Foucault que el soporte, la “mesa de disección” sobre la que “descansan” las cosas enumeradas, está corroída, desmantelada, y esto hace de esta clasificación heteróclita algo hilarante e imposible. Recordémosla:

"…los animales se clasifican en a) pertenecientes al emperador, b) embalsamados, c) amaestrados, d) lechones, e) sirenas, f) fabulosos, g) perros sueltos, h) incluidos en esta clasificación, i) que se agitan como locos, j) innumerables, k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, l) etcétera, m) que acaban de romper el jarrón, n) que desde lejos parecen moscas."

A diferencia de esta lista de animales, la “enumeración” de los desanas descansa sobre una “mesa” viva. Ciertamente no es la mesa esquizofrénica de Henri Michaux, ni la mesa euclidiana de la dogmática racionalista, pero sí resulta pariente cercana de la mesa de disección que alucinó el conde de Lautréamont y que se constituyó en consigna de la poesía moderna. Su famoso enunciado dictado por el trance, la imaginación abierta al sueño (y a la pesadilla): “El encuentro fortuito entre un paraguas y una máquina de coser sobre una mesa de disección”. Es la sólida mesa del mito asentada con sus cuatro patas sobre Pachamama y plenificada por la solaridad del pensamiento mágico. Estamos ante un pensamiento animista que propone acercamientos inusitados entre los seres y las cosas.

Sin duda, la mirada de las culturas ancestrales no está muy distante de la pregnancia subjetiva, del cordaje subconsciente de la imagen poética moderna. Hay en ella una configuración metafórica del Ser en tanto incesante máquina de flujos, de transformaciones, interpenetraciones, deslizamientos. Me arriesgo a afirmar que la aventura de la poesía moderna, su motor secreto, es la búsqueda, el retorno al subsuelo del Ser, de la vida, de los imaginarios primordiales, que se expresa en las lógicas complejas (o anti-lógicas), pobladas de paradojas e hipálages del animismo. Se trata de una suerte de “ontología del estado de flujo”, del suceder fractal bifurcante, proliferante. Se puede postular una raíz común entre estas concepciones de la vida que hemos estado asediando. Puedo ver en el espacio mágico-animista una especie de territorio de frontera, imaginal –en el cual habría que inscribir ese giro copernicano de la ciencia del que he hablado– en que pueden cohabitar estos tres modos de imaginación: pensamiento ancestral, pensamiento poético y pensar científico… y filosófíco.

A propósito de filosofía, a modo de cierre de estas reflexiones, quedémonos con estas sugestivas palabras de Emanuele Coccia en su libro Metamorfosis:

"La vida es siempre la reencarnación de lo no-viviente, el bricolaje del mineral, el carnaval de la sustancia telúrica de un planeta –Gaia, la Tierra– que no cesa de multiplicar sus rostros y sus modos en la partícula mínima de su cuerpo dispar heteróclito. Cada yo es un vehículo para la Tierra, un navío que permite que el planeta viaje sin desplazarse."

Mínimo y efímero, plural e inestable vehículo –cómicamente arrogante–, pasajeros inesperados, polizones de la siempre asombrosa vida.

ACERCA DEL AUTOR


Rómulo Bustos Aguirre

Una de las voces más relevantes de la poesía colombiana contemporánea del último siglo. Ha sido ganador del Premio Nacional de Poesía del Ministerio de Cultura en dos oportunidades (1993 y 2019). Autor de más de ocho libros de poesía y una decena de antologías.