El grano de maíz es el sueño del fuego en el corazón de la tierra
Dossier Semillas
Para el pueblo quechua yanakuna, en el Cauca, el grano de maíz es muchas cosas: la promesa de lo vivo, el contacto con los muertos, el vínculo con el canto y con las luminosidades de la poesía. Aquí un perfil de ese sol portátil y diminuto que ha gobernado desde hace miles de años las tierras americanas.
POR Fredy Chikangana
Ilus. Anémona Anónima
Sara
ankasmanta hamuy sarapay
tiyakuy upallallapay runamanta
cay qari warmiri
illawamanta hak´umanta
cay mallki, chhalla inti chuqllu
kiru tukuy tullpukuna
hina chaski willkakunamanta
pakarichiy yachay qari
qaratayni piscupay kallpa wawa imaymana
tutamantari sumak ukhu
qatiy cay shimi ukhu wañuykuna
Maíz
Desde el azul vino el maíz
a poblar el silencio de lo humano.
Se hizo hombre y mujer
en la textura de la harina;
fue raíz, tallo, mazorca solar,
diente de todos los colores.
Como mensajero de los dioses
dio vida e inteligencia al hombre,
melodía a las aves, fuerza a todas las criaturas
y desde la noche más profunda
siguió siendo palabra entre los muertos.
Los ancianos en el mundo quechua yanakuna tenían un dicho que decía: “Desde que estemos enguayungados, estamos bien, así estemos ahumados”. Los mayores se referían al maíz en guayunga, es decir, a los manojos de mazorca seca que colgaban junto al fuego en la cocina y que podían permanecer años sin echarse a perder. El maíz en guayunga era como el agua bendita: servía para atender las visitas, realizar trabajos espirituales, forjar la conexión con los ancestros, asegurar el alimento para las mingas o trabajos comunitarios y, sobre todo, para seguir conservando la esencia de vida a través del maíz. No dudo que en los pueblos indígenas y campesinos muchos crecimos rodeados de mazorcas de maíz colgadas mirando al cielo, sintiendo el sabor ahumado desde estos prodigiosos granos.
Lo que aumenta la magia de esta técnica para conservar la semilla es que se trata de un regalo que nos hace la humanidad desde la memoria ancestral: el maíz como parte fundamental de nuestra vida y en relación indisoluble con la Pachamama y con nuestros yayas, nuestros muertos. Ver una casa llena de maíz colgando en la cocina, entre el humo de la palabra mambeada junto al fuego, es una verdadera riqueza: los manojos van cambiando de color con el tiempo; se hacen más grises por el efecto del humo, pero en su interior guardan la esencia de la semilla y el corazón del alimento totalmente intacto. No hay bicho que se atreva a taladrar el diente del maíz porque el humo actúa como escudo protector de lo que debe permanecer en el tiempo.
Tiene el maíz una larga historia, de 8.000 a 10.000 años de existencia. Así se cuenta en múltiples culturas, como la azteca, maya o muisca. En el mundo quechua yanakuna, en el Cauca, dicha memoria llegó a partir de los chaski, como se conocía a los mensajeros en el pueblo inca, y de los yanakuna, caminantes desde cuando gobernaban los incas en su imperio. Con el tiempo, el conocimiento trascendió por los caminos de los Andes hasta el territorio del Cauca, en el Macizo Colombiano. Así es como en el mito de origen se contempla dar ofrenda a las wak’as y las lagunas, a las mamakochas, con la harina de maíz y la hoja de koka.
Según el relato, “para amansar las bravas lagunas que habían sido creadas por las mujeres tapuku con la ayuda del viento, los abuelos quechua yanakuna hacían bolitas de harina de maíz revueltas con hoja de koka y sal. Estas bolitas eran arrojadas a la laguna para que el espíritu de la laguna pudiera reconocer la energía de los caminantes”. Si esto no se hacía, los espíritus hacían enojar a los páramos, despertaban a la madre neblina y a los fuertes vientos. Además, se formaban ríos en el firmamento, venía la lluvia, el granizo, los rayos y centellas, y las lagunas no dejaban pasar a nadie por los caminos.
Para el caso de la semilla y la siembra, hay que decir que es un asunto de mucha atención y cariño: mientras se conversa sobre los años del buen brote de la semilla, se van llenando los patios de los mejores granos para la siembra, para colocar al sol y pedir permiso con el fin de una nueva siembra. Cuando yo lo hacía en la infancia era todo un juego, ya que la limpieza de la semilla convocaba a los gorriones, que se acercaban por algún grano o por un poco de harina previamente molida en piedra. Los mejores granos iban a la tierra y otros se destinaban para alimento de humanos y animales.
En nuestra relación familiar con el maíz permanecen los conocimientos y el sentir espiritual, pues se trata de la memoria de identidad y el principio cosmogónico de conexión entre humano-tierra-espíritu. Aprendemos desde temprana edad que el maíz convoca para la vida y para la muerte. El maíz es vida y, por tanto, hay que cuidarlo, sembrarlo con cariño, abonar la tierra, agradecer y dar ofrenda a los espíritus para que tierra, humano y espíritu mantengan dicha relación de origen que tenemos a partir de esos tres mundos. Se escoge la semilla, se seleccionan los granos, se toma una parte y se dejan unos granos en la punta de la tuza para entregar al agua o a los caminos. Esto se hace con el fin de que el grano reciba el refrescamiento, la huella y energía de los caminantes, y así generar abundancia en una nueva siembra. La gente que conoce sobre esta tradición no recoge el maíz sobrante en la mazorca, sino que lo deja en la tierra, estampa en él su huella del pie y envía buen pensamiento para los dueños de casa o para los encargados de escoger la semilla; ya vendrá un pájaro y completará el mensaje.
En el pueblo yanakuna agradecemos al fuego entregando algunos granos de maíz luego de haberlos seleccionado. A continuación, tostamos una parte del grano para moler y hacer la harina con la que se realizará la ofrenda de pago a la tierra donde será depositada la semilla. Estudiamos la fase de la luna, que ojalá sea en creciente, cuando está más alineada con el sol, se prepara la tierra y, después de haber realizado las peticiones, propósitos y permisos, abrimos un huequito donde se depositan tres granos que simbolizan los tres mundos de creación y de origen. Mientras tanto vamos dando palabra o rezo para que la semilla tenga buena germinación en aquel vientre que la recibe.
Después viene el cuidado material y espiritual para que la semilla germine con toda la fuerza. Cuando brota lo que llamamos wawa sara o “niño maíz” se hace la respectiva comida y con alegría se comparte chicha en la misma chagra. Si es el caso, hay música con flautas y tambores para animar la germinación. Hacemos el desyerbe o cuidado de las matas aún bebés, y cuando ya está joven la mata de maíz la seguimos cuidando, porque hay animales, como los loros o las ardillas, que también se han dado cuenta del nacimiento del maíz y hacen fiesta esperando el proceso del florecimiento del choclo. Cuando aparecen los choclos surge un espacio para el diálogo que sostiene lo sembrado con el sol y con el viento; la danza del maíz avisa sobre la vida familiar y comunitaria. Viene luego el proceso del desoje: se toman algunas hojas verdes para que el sol fortalezca el tallo –estas incluso sirven como alimento para algunos animales–, y cuando el cultivo de maíz luce resistente se convierte en un espacio para que los niños jueguen con las mariposas rojas que han inundado la chagra.
En la espiral de la vida, recibimos el choclo con alegría. Convocamos a la familia y a los vecinos, y se toman los primeros granos para preparar algunos alimentos y para realizar ofrendas de agradecimiento a las wak’as. Si el maíz está seco, sus granos se convierten en un hermoso texto en el que se leen los presagios de la familia, la salud, la vida en comunidad. Con ellos también se lee el tiempo, el viento en relación con la planta y el actuar de los animales, de tal manera que pueden comprenderse algunos llamados a la precaución, a los cuidados, al mismo tiempo de siembra y cosecha. Cuando el maíz está listo para recoger, se deja una parte a los animales, pues ellos también han estado esperando y animando con su canto y algarabía el cuidado de lo sembrado; han comido algo de grano y han dejado sus señas. Ya cosechado el maíz viene la elaboración de la guayunga, que se amarra con la misma envoltura que cubre la mazorca. Separamos lo necesario para la preparación de la harina tostada de maíz, para el pan, la chicha, el dulce y algunos preparados que serán guardados como ofrendas o pagos de agradecimiento a la Madre Tierra y para el día de los difuntos.
Por todo eso el maíz está afincado en nuestra memoria: es el grano de la esperanza; lo vemos como el sol que emerge del corazón de la tierra para llenar de colores y alimentar a sus hijos, para dar fuerza y compañía en la montaña. Para el buen hijo de la tierra, el maíz no puede faltar y debe permanecer en la transmisión de saberes de la chagra y la montaña, junto al fuego, en la cocina y en la conexión espiritual con aquellos que nos acompañan desde otras dimensiones. Los ancianos dicen que con harina de maíz y con chicha se puede conversar con los yayas y hasta con el diablo. Con los muertos buscamos su intervención en las acciones de la vida diaria para que todo vaya bien; con el diablo buscamos la alegría de la fiesta y el ánimo en las duras faenas, pues en la cultura quechua yanakuna el diablo no es un ser maligno, sino uno amistoso y satírico que anima los jolgorios. A él se le pide protección en ciertos trabajos que se realizan en los abismos o en las peñas y en los socavones, y se le agradece entregando algo de chicha al bosque.
En la memoria están los nombres en quechua y español de las variedades de maíz como si fueran nombres de hermanos y hermanas: curuntillo, diente de puma, capio, morado, puka sara, maíz quilla, maíz de páramo. En cada nombre y color hay un conocimiento, una palabra, un cuento. Cuando sale una mazorca con granos de colores decimos en la comunidad que es porque “los granos sembrados se pusieron a jugar bajo la tierra como niños curiosos: les cogió la noche, se quedaron dormidos en otros lugares y se combinaron”. De ahí salieron los sueños de colores, la música, el rico alimento, el canto y la poesía.

ACERCA DEL AUTOR
(Comunidad quechua yanakuna, Cauca, 1964). Su nombre en quechua es Wiñay Mallki. Escritor y poeta de la nación yanakuna mitmak (cuyo nombre traduce “gente que se sirve mutuamente en tiempos de oscuridad”). Es autor de El colibrí de la noche desnuda (2008) y Espíritu de pájaro en pozos del ensueño (2010), entre otros libros.