El mensajero del sol
En julio de 2024, un huevo de cóndor eclosionó en las incubadoras de la Fundación Parque Jaime Duque, a las afueras de Bogotá. Entre el milagro y el asombro, los cuidadores del polluelo, bautizado Rafiki, han ido cultivando la promesa de un nuevo cóndor de los Andes surcando cielos colombianos. Esta es la historia de lo que una bandada de corazones humanos es capaz de hacer por salvar una especie.
POR Fabián Mauricio Martínez
Todas las fotografías de esta crónica han sido suministradas por la Fundación Parque Jaime Duque.
Un cóndor hembra tiene las alas extendidas. Se yergue sobre una plataforma de madera, con el imponente collar de plumón blanco, los ojos rojos y las plumas albinegras dispuestas a recibir el sol. El cóndor se encuentra en uno de los refugios construidos en el cerro Tibitó del Parque Jaime Duque. Un recinto lo suficientemente amplio para vuelos muy cortos. Para llegar al mismo hay que ascender por un sendero marcado con retablos con datos de las aves. Pueden vivir hasta ochenta años. Son carroñeras. Hay un apunte muy inquietante que dice que en Colombia quedan cerca de sesenta. Al lado del refugio de la hembra hay otros dos albergues. En uno de ellos se encuentra una pareja y en el otro, que no está a la vista del público, crece la gran esperanza del Programa de Conservación: un cóndor de apenas un año de nacido.
A finales de julio de 2024 nació Rafiki. Al salir del cascarón no tenía plumas y su cuerpo era tan pequeño como la palma de la mano. Pesó 208 gramos, con un pico color ámbar y una carúncula, dentada y oscura, que reveló el sexo: masculino. Las hembras no tienen cresta. Rafiki, el primer cóndor de los Andes nacido por incubación durante este milenio en Colombia, fue asistido por un grupo de zootecnistas y biólogos que, a lo largo de sesenta horas, tras el picaje y quebradura del huevo, estimularon al polluelo, imitando los sonidos parentales de las aves –un siseo que recuerda el paso del viento– y golpeando la cáscara, la cual fue retirada, poco a poco, con pinzas quirúrgicas para ayudarle a nacer y evitar que se cortara.
En condiciones silvestres, entre las rocas de las montañas, a 3.800 metros de altura, los cóndores suelen ayudar a los polluelos a eclosionar. El cascarón del huevo es tan duro que, de no hacerlo, las crías podrían morir. El ciclo de reproducción de los cóndores es lento, cada dos o tres años ponen un solo huevo. La pareja se turna para empollarlo. En condiciones de incubación y cría artificial, Fernando Castro, zootecnista y coordinador de conservación e investigación de la Fundación Parque Jaime Duque, fue el responsable de gestar el embrión durante dos meses. Con temperaturas controladas, pesajes diarios, monitoreos de crecimiento y movimientos del huevo en la incubadora, Castro y su equipo se aseguraron de que el milagro sucediera.

La espera fue larga. Los padres de Rafiki habían sido traídos desde Chile, junto a otros cuatro cóndores, en 2015. Estaban muy jóvenes y todavía no alcanzaban la madurez sexual. Además, los cóndores son monógamos y no suelen emparejarse de buenas a primeras. Necesitan conocerse, pasar tiempo juntos y solo así, tal vez, conformar una pareja. Fue hasta marzo de 2023 que Xué y Chié, los padres de Rafiki, se aparearon y pusieron el primer huevo. Al día número veintiséis, durante el segundo tercio de desarrollo, el macho lo rompió con el pico. Ocho años de esfuerzos se esfumaron en aquel momento. Por fortuna, el huevo roto quedó cerca de las cámaras y el equipo pudo comprobar, pese a la pérdida, que estaba fecundado. Ensayo y error: ciencia y naturaleza. La esperanza, en todo caso, seguía viva. El segundo huevo fue puesto a finales de mayo de 2024. El equipo científico de la Fundación decidió incubarlo en el laboratorio. Un par de meses después Rafiki vería la luz.
Al nacer, Rafiki fue alimentado con carne de ratón licuada del bioterio del parque. Un títere de cóndor hacía las veces de padre y madre, mientras Castro y su equipo le suministraban la comida. El preparado de roedores debió ser precalentado, cada una de las veces, para emular la temperatura con la que los cóndores regurgitan las presas para sus crías. Rafiki comía hasta cinco veces por día. Movía sus pequeñas alas, con entusiasmo, al ver aparecer los títeres realistas de látex. Rafiki los picoteaba o se frotaba en ellos y recibía el alimento, que le daban con guantes y mangas negras, a través de otra de las aberturas del criadero. Todo ocurrió al interior de una caja con espejos, para que Rafiki no viera a las personas trabajando afuera para él. Y así debe ser mientras es un polluelo, porque cuando llegue el momento de la liberación, poco después de cumplir los dos años, el cóndor no debe sentir ninguna familiaridad con el ser humano. Por eso ahora se encuentra aislado en aquel refugio del cerro Tibitó.
Según el Primer Censo Nacional de Cóndor Andino, realizado en 2021, en Colombia hay cerca de sesenta y tres cóndores. Sin embargo, el cálculo es mayor. Fernando Castro explica que, según modelos matemáticos basados en la distribución geográfica de la especie, se estima que hay alrededor de ciento cincuenta individuos en el país. La cifra sigue siendo muy baja. El cóndor de los Andes se encuentra en peligro crítico de extinción. En Venezuela, por ejemplo, ya no existe. El ave terrestre más grande del planeta desaparece; el símbolo nacional de Colombia, Bolivia, Chile y Ecuador se extingue. De las pocas aves que quedan en el país, cerca de cuarenta habitan en el páramo El Almorzadero, en Santander, un lugar de alta montaña, con más de 150 mil hectáreas, cuyas colinas de roca son propicias para los cóndores. Las laderas de estos picos helados benefician el vuelo de las aves, que tras la ingesta de carroña suelen quedar muy pesadas. El terreno inclinado les ayuda a que el despegue sea más sencillo. Es en aquel lugar donde se planea liberar a Rafiki. Todos los caminos conducirán a ese páramo. Todos los esfuerzos e inversiones culminarán allí.
A pesar de que Colombia es el país con mayor extensión de páramos en el mundo, estos ecosistemas, fundamentales para conservar y proveer de agua a millones de personas, están amenazados por la extensión de la frontera agrícola. Los cultivos y la ganadería de ovejas, cabras y vacas les ganan terreno a los frailejones, las bromelias, las catleyas, los lagartos collarejos, los búhos cornudos, los colibrís gorgiamatistas y, por supuesto, al Vultur gryphus, el cóndor andino. Los cóndores son especies sombrilla, es decir, si se les protege a ellos, las demás especies, animales y vegetales, se verán favorecidas. Al alimentarse de carroña, los cóndores son limpiadores naturales. Ayudan a eliminar los patógenos de los cadáveres en descomposición. Si el cóndor desaparece, los nacimientos de agua, así como los ríos que bajan de la montaña, estarán expuestos a la contaminación, y aquellas bacterias y parásitos llegarán al agua para consumo humano.
Los venados, pumas y osos solían pulular en los páramos. Al morir eran las carroñas de las que se alimentaban las grandes aves. Con el desplazamiento y disminución de estas especies, debido a la extensión de la frontera agrícola, los cóndores han tenido que alimentarse de los cadáveres de vacas, cabras u ovejas que ahora ocupan la alta montaña. Pero como estas carroñas suelen ser enterradas por sus dueños, los grandes buitres han optado por alimentarse de las crías de los animales de pastoreo. Al perder las crías de sus ganados ovinos, los campesinos empezaron a envenenar los despojos de los animales, y los cóndores a morir intoxicados.
En 2018, cuando una expedición de la Fundación Parque Jaime Duque viajó al páramo El Almorzadero junto con el chileno Eduardo Pavez, experto mundial en cóndores, y el veterinario Orlando Feliciano, sus integrantes recibieron la noticia de que habían encontrado a dos ejemplares envenenados. La comunidad contactó a los bomberos y atendieron a las aves con prontitud. Así pudieron estabilizarlas hasta la llegada de los expedicionarios. Entonces les tomaron muestras de sangre, los trataron con medicamentos y, apoyados en la Fuerza Aeroespacial Colombiana, socios de la Fundación, los cóndores fueron trasladados de urgencia en helicóptero al centro veterinario del parque. Allí estuvieron en rehabilitación durante dos meses. Luego regresaron en helicóptero al páramo El Almorzadero y fueron liberados. Las aves recibieron los nombres de Illika, que en quechua significa “suerte” y Dasán, que, para los nativos americanos, refiere al jefe del clan de las aves.
Estos cóndores fueron equipados con transmisores satelitales (GPS), con el fin de monitorear sus movimientos. Al día siguiente de la liberación, Illika se encontraba en el Pico Colón de la Sierra Nevada de Santa Marta, a una distancia de vuelo de más de 400 kilómetros de El Almorzadero. Esta pareja logró sobrevivir, pero poco después se presentó otro caso que mató a tres grandes aves. La causa: una carroña envenenada. De ahí la importancia de que la conservación y preservación del cóndor involucre a la comunidad. Así se creó Acamco: la Asociación Campesina Coexistiendo con el Cóndor, un grupo de familias del páramo El Almorzadero que ha comprendido el valor de esta gran ave y que, gracias a programas educativos, una comunicación efectiva y un acompañamiento permanente, ha construido apriscos, delimitado los terrenos para cultivos y ganadería y donado tierras para la preservación del páramo.
Por la misma vía, en 2022, la Fundación Parque Jaime Duque adquirió un amplio predio en El Almorzadero e inauguró una reserva natural llamada La Piedra del Cóndor. En aquel lugar de la alta montaña, asegurado para la conservación, será liberado Rafiki. En aquella área segura la liberación será por fases. Primero tendrán que construir un refugio, con materiales y pintura que emulen las rocas de la cordillera, con el fin de que los cóndores silvestres acepten aquella instalación como parte de la montaña. Rafiki será llevado a aquel refugio, en compañía de otros cóndores igual de jóvenes, que la Fundación planea importar de Chile, de tal manera que las aves se integren en grupo a la familia grande que habita la zona. Los cóndores son sociables, así que lo más probable es que sean aceptados sin problemas en el nuevo hogar.
Estefanía Gómez, bióloga y directora de gestión de proyectos de la Fundación, explica que el objetivo es que sea la misma comunidad del páramo El Almorzadero la que se apropie del proyecto y se identifique con el cóndor de los Andes. Para ello han organizado, entre otras iniciativas, el Festival del Cóndor, el cual ya ha celebrado dos ediciones, en el municipio de Cerrito, Santander. El festival ha reunido a más de mil personas, incluidos los estudiantes y profesores de las escuelas y colegios, a los funcionarios de la Alcaldía y otros miembros del sector público y a personas de la empresa privada, a investigadores, músicos y artistas. Allí se han encontrado parameros ambientalistas, defensores del gran ave y productores agrícolas y ganaderos, para dar a entender que sí es posible combinar la producción con la conservación.
Algunas familias de la comunidad están dedicadas a la producción de miel y de varios productos de lana como ruanas, guantes, gorros y sacos que son comercializados en las tiendas del Jaime Duque. Los niños, hijos de estas familias, han conformado clubes de ciencia con el fin de conocer mejor el páramo y sus especies, y así amarlas y protegerlas. También hay familias interesadas en el turismo ecológico para enseñar a los visitantes la belleza del paisaje paramuno y el esplendor de estas aves, cuya envergadura de alas abiertas, en pleno vuelo, alcanza los tres metros. Tras una buena caminata por el páramo, con binóculos en mano, la gente podrá observar a los machos y hembras adultas, así como a los jóvenes de plumas cafés, aglomerarse alrededor de alguna de las carroñas donadas por la Planta de Beneficio de Málaga, quienes también se sumaron a este proyecto.
Según la cosmogonía muisca, Chiminigagua, el dios creador, en medio de la penumbra primordial, ordenó a cuatro aves que emergieran de la oscuridad y desperdigaran la luz en los cuatro puntos cardinales. Estas aves, portadoras de la claridad, eran los cóndores. Los mensajeros del sol, como también son llamados por los indígenas, estuvieron presentes desde el origen de los tiempos. A estas aves les gusta abrir las alas y volar cuando sale el sol. Por eso los apodaron de esa forma. Al alzar el vuelo, el cóndor envía la clara señal de que la luz y el calor se abren paso en las alturas.
Durante siglos poblaron los páramos de la cordillera de los Andes. Hoy, en el departamento de Cundinamarca, que en lengua muisca significa “comarca del cóndor”, solo se han reportado dos ejemplares en el páramo de Chingaza. Esta pareja, más los seis que se encuentran en el Bioparque Wakatá del Jaime Duque, son toda la población que queda en un territorio donde solían ser legión. Entre ellos está Rafiki. El condorito que crece gracias al cuidado humano y que será liberado en La Piedra del Cóndor, en el páramo El Almorzadero, mientras biólogos y ambientalistas aguardan por un verdadero apoyo estatal; bien sea por la recuperación del Programa Nacional para la Conservación del Cóndor Andino en Colombia, que solo tuvo vigencia de 2006 a 2016, o por la creación de algo que se pueda llamar, digamos, el Programa de Conservación del Símbolo Nacional. Por ahora, en medio de incubadoras y títeres de cóndor, Rafiki es la apuesta por esta especie en peligro crítico de extinción. La gran esperanza. El mensajero del sol.
ACERCA DEL AUTOR
Fabián Mauricio Martínez (Bucaramanga). Escritor y periodista. Autor de cinco libros, tres de ellos de cuentos: Una ciudad llamada Bucaranada, Cuervos en la ventana y El encanto podrido de Bogotá, del cual se ha extraído este cuento. Sus crónicas han sido publicados en Vice, Don Juan, Cerosetenta, Anfibia de Argentina y la revista Domingo de El Universal de México. En 2020 ganó el Premio Nacional de Libro de Cuentos de la uis y el Premio de Crónica Ciudad de Bogotá.