Garúa

Breviario

A veces, volver a casa es escarbar entre la ceniza. Guiada por la nostalgia, una mujer regresa a la chacra de sus padres, escondida en la selva brasileña, para encontrarse con el abandono, la desazón y el remordimiento.

POR Alejandro Sánchez

Agosto 04 2023
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“Contemplaba extasiada el cielo color añil. Y me quedé ahí, entendiendo que yo adoro a mi Brasil. Mi mirada se posó en la arboleda que existe al comienzo de la calle Pedro Vicente. Las hojas se movían, pensé: ellas están aplaudiendo mi gesto de amor por mi patria…”.

Cerró el libro después de leer esa frase. No podía reconocerse en ella. No con lo que había pasado. Desde la portada una mujer la miraba. Helena no fue capaz de sostener la mirada y giró la cabeza hacia la ventana. Cuando se vuela uno está en un lugar específico y, a la vez, yéndose, eso pensaba al ver el paisaje de nubes que moteaban con su sombra los techos de los edificios de la ciudad que dejaba atrás. Quería quedarse, pero debía irse. Los gestos de amor son así: incomprensibles, musitó. Luego, miró por décima vez la pantalla y consultó los detalles del trayecto. Para llegar al destino el tiempo de vuelo sería de unas seis horas largas, el avión volaría a treinta mil pies de altura y alcanzaría una velocidad de crucero de seiscientos kilómetros por hora. Volvió la mirada a la ventana, la aeronave entraba en una zona nubosa.

Helena se mecía al ritmo del traqueteo sonoro de los motores. Con los ojos cerrados pensó en mamá Ofelia y en cómo habría cambiado la finca en estos años, si papá Fausto todavía descansaba bajo las hojas de los pernambucos que había sembrado tiempo atrás y donde quiso que lo enterraran. Ella se fue siendo apenas una adolescente, cuando el cuento de los incendios por la deforestación era un rumor lejano. Con dificultad recordó ese día. Estaban sentados en la mesa de madera que cojeaba de una pata, tomaban una taza de café recién molido y observaban el hipnótico vaivén de los maizales en los que trabajan los campesinos del sector. Antes del último sorbo, buscó la mano de su madre apoyada en la mesa; la acariciaba mientras le contaba sobre sus futuros proyectos en la ciudad con la ilusión de quien no conoce el porvenir. Desde ese momento no olvidaba sus gestos, el abrazo desmedido y la mirada profunda ante la inminente despedida.

Diez mil pies, advirtió el capitán desde la cabina. Las compuertas que resguardaban el tren de aterrizaje se abrieron. Seguidamente, las azafatas sugirieron abrocharse el cinturón y colocar el espaldar de la silla en posición vertical. El momento de volver a la tierra se acercaba. Helena miraba la explanada, la recordaba diferente. Otra nube densa oscureció la cabina; en medio de la turbulencia pensó en la noticia. La había visto en el periódico. Era apenas una nota marginal, acompañada de una foto en la que se retrataban las huellas del fuego y su propagación prolongada. Soltó el diario. No tardó en comprender el silencio de Ofelia, el mensaje oculto de sus gestos.

En la pista, a lo lejos, se veían las humaredas. El humo tocaba las nubes y las tiznaba. De un tiempo para acá la lluvia es negra, eso le había dicho su mamá la última vez. Tras la ventana, apenas el aeropuerto entre el humo. Durante el interminable carreteo, observaba las luces apagadas sobre la pista y, a lo lejos, las sombras de los aviones que, como pájaros tristes, estaban pegados al suelo. No sabe cómo aterrizaron, no sabe cómo la gente se acostumbra a los despojos del fuego. La tripulación se mantenía en un brumoso silencio hasta que la voz mecánica irrumpió dando la bienvenida, la temperatura local y avisando a los pasajeros con conexiones a otros destinos que se reportaran con el personal en tierra.

Helena bajó del avión. Recorrió los pasillos del aeropuerto con lentitud. Miraba los rostros afanados sucederse unos a otros. Tuvo que esperar poco a que su maleta saliera por la boca de la banda transportadora. La sintió liviana, como si al acercarse a su destino todo se fuera volviendo más ligero. Al salir de la terminal aérea nada brillaba. El humo se le adhirió a la piel. Respirar era difícil, el aire le quemaba la garganta y la hacía toser. Sintió desespero y pensó en mamá Ofelia, deseó por un instante volver a ver sus ojos.

Apenas Helena le dijo el lugar al que se dirigía, el taxista le preguntó si conocía lo que había pasado, pero ella no pronunció palabra. Por allá no queda nada, insistió el hombre. El humo, necesito verlo de cerca, le respondió. Por el camino, a través de la ventana, apenas pudo reconocer su vereda. El vaho era una cortina inmensa que se levantaba hacia el cielo y lo cubría todo. Acaso la sombra de unos cuantos árboles y las siluetas del ganado que empezaba a reclamar el territorio se alcanzaban a ver a la distancia.

Es acá, anunció el taxista. Pagó y se bajó del carro. El terreno estaba cercado por la cinta de peligro que las autoridades habían dejado. El olor a pernambuco quemado le llenó los pulmones. Los ojos le ardieron de rabia más que de dolor. Se abrió paso por la finca. Reconoció las vigas de su casa, desnudas y morenas, caminó hacia ella mientras la maleta dejaba su rastro entre las cenizas. Después de hacerse a un lugar entre lo que quedaba de su antiguo hogar, escuchó venir unos pasos aplastantes. Se acercó a las vallas y las vio venir. Cuando cruzaron las miradas, ella y la vacada, se quedaron cada una en su lugar. Hasta que la lluvia ligera pintó los lomos blancos del ganado y las vacas, mugiendo en coro, corrieron a resguardarse del agua. En ese momento, Helena miró el cielo oscuro y volvió a pensar en Ofelia. Luego, sintió cómo la lluvia negra le quemaba la piel.

 

ACERCA DEL AUTOR


(manizales, 1995). Sociólogo, Magíster en literatura y cultura y reseñador en el Observatorio de Poesía en Movimiento del Instituto Caro y Cuervo. Fue uno de los galardonados en el I Premio Nacional de Libro de Cuento Isaías Peña (2023). Con “Garúa” ocupó el segundo lugar en el xiii Concurso Literario El Brasil de los Sueños (2022). Su primer libro de cuentos, Canasta familiar, se encuentra en proceso de edición. Algún día espera cumplir el sueño de pilotar un carro de Fórmula 1.