Hace ocho días se fue una artista que pintó la tragedia con colores vivos y pensó el arte desde una libertad radical. La muerte de Beatriz González cierra una de las miradas más lúcidas y profundas del arte colombiano, una obra atravesada por la memoria, el duelo y la historia política del país. “Yo digo muchas veces que debo mi invención a la libertad que tuve”. Esta conversación publicada en La Malpensante Moda hoy, tras una semana de la partida de la artista, se lee como un testamento sensible: del color como pensamiento y el arte como oficio. Lo invitamos a leer el artículo completo. Edición 246, La Malpensante Moda III. Entrevista por Rocio Arias Hofman @sillaverde , en colaboración con el Banco de la República @banrepcultural y su colección de arte, que alberga 58 obras de la artista bumanguesa.
“Yo digo muchas veces que debo mi invención a la libertad que tuve. ¿Por qué? Porque cualquier otra se mete en la escuela a hacer y no tiene la libertad de inventar. Pero mi papá me costeó los estudios, me consiguió los colores y me dio absoluta libertad. Nadie me estaba preguntando si eso tan tremendo que yo estaba pintando era feo o por qué no seguía a la academia; todo eso es la libertad que yo tenía de trabajar. Y luego, Urbano Ripoll, mi marido. Viví esa libertad cuando me casé con él, el mismo año de mi primera exposición en el Museo de Arte Moderno como artista joven, cuando él era muy pobre y trabajaba mucho. Es muy buen arquitecto, pero no tenía recursos. Nunca me pidió que vendiera un cuadro. Entonces, ¿qué sucede? Yo inventaba todas las locuras y la gente se aterraba”.